EL MAESTRO
La idea del maestro no tiene límites en el mundo. La enseñanza abarca todas las escalas de la actividad humana. Desde las más sublimes verdaderas del dogma, hasta las nociones mas insignificantes de la vida, todo está sujeto a enseñanza. Todo toca el dominio del Maestro.
Todos los que en el mundo han sido, antes, aún eran el muchacho común, estuvieron en presencia del maestro. De su forja milagrosa salen los sabios, los artistas, los políticos, los gobernantes, los directores y todos los que cumplen en la vida su papel de racionales. Y ante él seguirán desfilando los grandes de mañana y de siempre.
Jesucristo fue el Maestro de los Maestros. Ningún nombre tan grato a su corazón como este humilde y censillo de Maestro. El, Hijo de Dios, pudo ser el Rey del universo. Sin embrago, desprecio el poder, la gloria y la riqueza. Y entre todos los títulos que pudo alcanzar con solo en anhelo de su corazón, prefirió solamente ejercer el divino apostolado de enseñar.
La gloria es pasajera: Brilla como la luz de un relámpago. El poder es accidental: los poderosos de hoy pueden ser los abatidos de mañana. La riqueza engendra la avaricia, y el avaro es un esclavo de la riqueza. Solo la enseñanza es eterna. Solo la palabra del Maestro es fecunda, y renace multiplicada, como la humilde semilla del surco. Por eso Jesucristo, fue simplemente Maestro, para dejar perenne a los hombres su doctrina inmortal.
Este solo hecho le da a la palabra todo el mérito y la dignidad que no tiene ninguna de las profesiones del hombre. Que gloria tan grande la de la inteligencia! El mundo no podía ser redimido si no por un Maestro.
Ningún ser merece tanto respeto de la sociedad como el Maestro. En todos los siglos, en todos los pueblos, en todas las actividades de la historia está el Maestro, encausado, dirigiendo, orientando la conciencia y la inteligencia hacia la verdad y hacia la luz. Sobre las bases de su enseñanza se levanta la significación del hombre, el progreso de los pueblos y la conquista de la humanidad.
Es necesario que la juventud aprenda a valorar al Maestro. A respetarle. A venerarlo. A comprender cuanto le debe la sociedad y la humanidad a su misión redentora. A guardar en sus corazones la más honda gratitud por ese ser resignado y modesto que nutre con enseñanza la mente del hombre. Y a luchar en la medida de la posibilidad y del esfuerzo para colocar a estos abnegados servidores de la Patria, en un nivel moral, social y económico más de acuerdo con su altísima dignidad.